Viernes, 05 de mayo de 2006

Escucha, hijo: voy a decirte esto mientras duermes, una manecita metida bajo la mejilla y tu flequillo pegado a tu frente humedecida.
He entrado solo a tu cuarto. Hace unos minutos, mientras miraba la televisión, sentí una hola de remordimiento que me ahogaba. Culpable, vine junto a tu cama.
Esto es lo que pensaba, hijo: me enfadé contigo.
Te regañé porque salpicaste agua. Te grité porque dejaste caer algo al suelo.
Durante la cena te regañé también. Volcaste las cosas. Tragaste la comida sin cuidado.
Pusiste perdido el pijama. Masticabas demasiado despacio. Y cuando te ibas a jugar y yo salía a trabajar, saliste a la puerta y me saludaste con la mano y dijiste: “¡Adiós, papi!” y yo fruncí el entrecejo y te respondí: “¡Ponte derecho!”
Al caer la tarde todo empezó de nuevo. Al llegar a casa te vi, de rodillas, jugando. Tenías agujeros en los pantalones. Te humillé ante tus amiguitos al hacerte marchar a casa delante de mí.
Los pantalones son caros, y si tuvieras que comprarlas tú, serías más cuidadoso. Pensar, hijo, que un padre diga eso.
¿Recuerdas, más tarde, cuando yo veía la tele y entraste tímidamente, con una mirada de perseguido? Cuando levanté la vista del televisor, impaciente por la interrupción, vacilaste en la puerta.
“¿Qué quieres ahora?”, te dije bruscamente.
Nada respondiste, pero te lanzaste en tempestuosa carrera y me echaste los brazos al cuello y me besaste, y tus bracitos me apretaron con un cariño que Dios había hecho florecer en tu corazón y que ni aun el descuido ajeno puede agostar.
Y luego te fuiste a dormir, con breves pasitos ruidosos por el pasillo.
Bien, hijo: poco después fue cuando se me cayó el mando de las manos y entró en mí un terrible temor. ¿Qué estaba haciendo de mí la costumbre?
La costumbre de encontrar defectos, de reprender; ésta era mi recompensa a ti por ser un niño. No era que yo no te amara; era que esperaba demasiado de ti. Y medía según la vara de mis años.
Y hay tanto de bueno y de bello y de recto en tu carácter. Ese corazoncito tuyo es grande como el sol que nace entre las colinas.
Así lo demostraste con tu espontáneo impulso de correr a besarme esta noche. Nada más que eso importa esta noche, hijo. He llegado hasta tu camita en la oscuridad, y me he arrodillado, lleno de vergüenza.
Es una pobre explicación; sé que no comprenderías estas cosas si te las dijera cuando estás despierto.
Pero mañana seré un verdadero papa. Seré tu compañero, y sufriré cuando sufras, y reiré cuando rías. Me morderé la lengua cuando esté por pronunciar palabras impacientes. No haré más que decirme, como si fuera un ritual: “No es más que un niño, un niño pequeñito”.
Temo haberte imaginado hombre.
Pero al verte ahora, hijo, acurrucado, fatigado en tu camita, veo que eres un bebé todavía. Ayer estabas en los brazos de tu madre, con la cabeza en su hombro.
He pedido demasiado, demasiado…
Por: Luis González Moreno | General | Comentarios (3) | Referencias (0)